Todos comparecerán en juicio. Nadie queda excluido de esa revelación. El juicio no tiene como finalidad fabricar destinos, sino revelar plenamente lo que cada uno es, lo que ha amado y lo que ha rechazado. En ese juicio habrá vergüenza y exposición de la verdad, salvo para los Hijos redimidos, cuyos pecados han sido borrados, echados al fondo del mar, imposibles de encontrar porque ya no existen. No comparecen con expediente, porque no hay nada que presentar.
Los que han rechazado la Luz no son condenados de manera arbitraria ni forzada. Frente al Amor de Dios manifestado sin velos, no lo aceptarán, ni lo desearán, ni querrán permanecer en un ámbito de Amor Eterno que les resulta insoportable. No se trata de una exclusión impuesta desde fuera, sino de un rechazo consciente y definitivo. Dios no fuerza el Amor, ni obliga a nadie a vivir en comunión con Él.
Por eso, estos elegirán el destierro por sí mismos. Incluso preferirán la destrucción eterna, lo que corresponde a la llamada muerte segunda. No se trata de un tormento sin fin ni de un castigo sádico, sino de la aniquilación, la desaparición definitiva del espíritu junto con el alma. Es la consecuencia última y coherente de una vida vivida en rechazo persistente del Amor y de la Verdad.
Esta realidad no aparece de forma repentina en el juicio final. Ya se prefigura en la tierra, en las conductas, en la huida de la Luz, en la autodestrucción interior, en la incapacidad de amar y de permanecer en la verdad. Del mismo modo, la vida verdadera, la libertad y la paz de los Hijos comienzan ya aquí. El Reino no es solo una promesa futura, sino una realidad que empieza a manifestarse ahora.
Por eso, el castigo efectivo comienza en esta vida, como Jesús lo enseñó muchas veces, no como venganza divina, sino como consecuencia viva del rechazo. Y del mismo modo, la Vida eterna comienza ya en quienes acogen la Luz. El juicio final no contradice esta dinámica, sino que la confirma y la consuma.
En definitiva, Dios no salva automáticamente ni condena mecánicamente. La salvación se ofrece en Cristo, el juicio revela la verdad, y cada ser confirma eternamente lo que ha elegido frente al Amor.
Pasajes que han sido traducidos con interpretación orientada erroneamente a un castigo eterno
Mateo 25:46
"E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna".
En Mateo 25:46, la expresión traducida como “castigo eterno” corresponde al griego κόλασις αἰώνιος (kólasis aiónios). El término kólasis no designa un castigo retributivo o torturante, sino una acción de corrección, restricción o eliminación, derivada del verbo kolázō, “podar” o “cortar lo inútil”. No se emplea aquí el término τιμωρία (timōría), que sí expresa castigo penal o vengativo. Por su parte, aiónios no describe necesariamente una duración infinita, sino aquello que pertenece al orden definitivo o cuyo efecto es irreversible. El texto afirma, por tanto, un juicio final con consecuencias definitivas, pero no enseña un proceso de tormento consciente e interminable. La idea de una tortura eterna procede de una lectura teológica posterior, no del sentido preciso de los términos originales.
Marcos 9:43-48
"Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado,donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado,donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno,donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga".
Este pasaje es uno de los más citados para sostener la idea de un tormento consciente interminable. Sin embargo, su fuerza depende casi por completo de una lectura literalista desligada del trasfondo bíblico y lingüístico.
Jesús utiliza aquí un lenguaje claramente hiperbólico y profético, propio de la advertencia, no de la descripción ontológica del destino final. Las imágenes de cortar la mano, el pie o sacar el ojo confirman que no se trata de un discurso literal, sino de una exhortación radical sobre la gravedad del rechazo del Reino.
El término traducido como “infierno” es γέεννα (géenna), que no procede de la filosofía griega, sino del hebreo Gê-Hinnom, el valle de Hinón. Este lugar era conocido en el judaísmo como símbolo de juicio, destrucción y eliminación de lo impuro, no como un espacio de tortura eterna consciente. En la tradición profética, la Gehena es el lugar donde lo que no sirve es arrojado y consumido.
La expresión “el fuego que no se apaga” no indica un fuego que quema eternamente a seres conscientes, sino un fuego irresistible, que no puede ser apagado antes de cumplir su función. En la Escritura, un fuego “inextinguible” es un fuego que consume totalmente, no uno que mantiene indefinidamente aquello que quema.
La frase “donde el gusano no muere” procede directamente de Isaías 66:24, donde el gusano se alimenta de cadáveres, no de seres vivos. El gusano no muere porque no se interrumpe el proceso de corrupción hasta que la destrucción es completa. No describe sufrimiento consciente, sino descomposición irreversible.
El paralelismo “el gusano no muere y el fuego no se apaga”
refuerza la misma idea desde dos imágenes distintas:
– el
gusano consume desde dentro,
– el fuego consume desde fuera.
Ambas apuntan a destrucción total, no a preservación eterna para el dolor.
Conclusión sobre Marcos 9:43-48
Marcos 9:43-48 utiliza un lenguaje profético e hiperbólico para advertir sobre la gravedad del rechazo del Reino. Los términos géenna, “fuego que no se apaga” y “gusano que no muere” proceden del imaginario profético de Isaías y describen una destrucción irreversible, no un tormento consciente interminable. El fuego es inextinguible en cuanto cumple plenamente su función destructora, y el gusano no muere porque la corrupción no se interrumpe hasta consumarse. El pasaje afirma juicio y eliminación definitiva, pero no enseña la existencia de una tortura eterna.
Apocalipsis 14:11
"y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre".
Este texto pertenece al género apocalíptico, altamente simbólico, y no puede leerse como descripción literal de procesos físicos o psicológicos eternos. Todo el pasaje está construido con imágenes veterotestamentarias aplicadas a un juicio definitivo.
El término traducido como “tormento” es βασανισμός (basanismós), que en su origen designa prueba, examen, puesta a prueba, y por extensión aflicción severa. No implica necesariamente tortura interminable, sino una experiencia extrema ligada al juicio. El texto no afirma la duración infinita del sufrimiento, sino la gravedad del juicio que lo produce.
La expresión “por los siglos de los siglos” traduce εἰς αἰῶνας αἰώνων (eis aiōnas aiōnōn), una fórmula hebraica intensiva que indica irreversibilidad y carácter definitivo, no necesariamente duración infinita de un proceso activo. Esta misma expresión se usa en el Antiguo Testamento para juicios cuyo efecto es permanente, aunque el acto mismo no continúe eternamente.
El elemento central del versículo no es el tormento en sí, sino el humo:
“el humo de su tormento sube…”
En la Escritura, el humo que asciende es señal de destrucción consumada, no de sufrimiento continuo. Isaías 34:9-10, hablando del juicio sobre Edom, utiliza exactamente el mismo lenguaje: el humo sube “para siempre”, aunque Edom no arde eternamente hoy. El humo es memorial del juicio, no prueba de una tortura en curso.
La frase “no tienen reposo de día ni de noche” describe la experiencia del juicio mientras ocurre, no afirma que esa experiencia se prolongue sin fin. El texto no dice que ese estado se mantenga eternamente, sino que, durante el acto del juicio, no hay descanso ni escape.
Conclusión sobre Apocalipsis 14:11
Apocalipsis 14:11 emplea un lenguaje simbólico propio del género apocalíptico. La expresión “el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos” indica la irreversibilidad y el carácter definitivo del juicio, no un proceso de tormento consciente interminable. El humo es señal de destrucción consumada, conforme al uso profético veterotestamentario, y los términos griegos utilizados no obligan a entender una tortura eterna activa. El texto afirma un juicio total y sin retorno, pero no la conservación eterna del mal para sufrir.
Apocalipsis 20:10
"Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos".
Apocalipsis 20:10 se sitúa en el clímax simbólico del libro y pertenece plenamente al lenguaje apocalíptico, no narrativo ni doctrinal. El versículo dice:
El verbo traducido como “atormentados” es βασανισθήσονται (basanisthēsontai), derivado de basanízō, que indica aflicción extrema bajo juicio, no necesariamente tortura infinita en sentido físico o psicológico. El término describe la severidad del juicio, no su mecanismo ontológico final.
Es fundamental observar a quién se aplica el texto:
– al
diablo,
– a la bestia,
– y al falso profeta.
Estos no son presentados como seres humanos individuales, sino como realidades personificadas del mal, poderes, sistemas y principios de oposición a Dios. El texto no habla aquí directamente del destino final de los seres humanos, sino de la erradicación definitiva del mal como poder.
La expresión “día y noche por los siglos de los siglos” (εἰς τοὺς αἰῶνας τῶν αἰώνων) es una fórmula intensiva que subraya la totalidad y la irreversibilidad del juicio, no la necesidad de un proceso consciente sin fin. En el lenguaje apocalíptico, esta fórmula enfatiza que el mal no vuelve, no se restaura, no reaparece.
Además, el propio contexto inmediato introduce el concepto de “muerte segunda” (Ap 20:14), que define el lago de fuego como muerte, no como vida eterna en sufrimiento. El lago de fuego es presentado como el medio por el cual incluso la Muerte y el Hades son eliminados. Si la Muerte es destruida, no puede seguir operando eternamente en forma de tormento consciente.
Conclusión sobre Apocalipsis 20:10
Apocalipsis 20:10 describe, en lenguaje simbólico, el juicio definitivo sobre las realidades del mal personificado. La expresión “atormentados día y noche por los siglos de los siglos” subraya la total y definitiva derrota del mal, no la preservación eterna de seres conscientes para sufrir. El contexto del lago de fuego como “muerte segunda” indica eliminación final y sin retorno. El texto afirma la erradicación absoluta del mal, no una tortura eterna como estado ontológico permanente.
Lucas 16:22-26, El Rico y Lázaro
"Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado.Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá".
La parábola del Rico y Lázaro ha sido utilizada con frecuencia para afirmar que el destino eterno del ser humano queda fijado definitivamente al momento de la muerte física, y que la condenación puede producirse sin una revelación plena de Dios, basándose únicamente en la conducta terrenal. Sin embargo, una lectura atenta del texto, situada en su contexto histórico y espiritual, muestra que esta interpretación no se sostiene.
En primer lugar, es imprescindible recordar cuándo habla Jesús. Este pasaje se sitúa antes de la cruz, antes de su muerte redentora y antes de su resurrección. La salvación eterna, en su dimensión universal y efectiva, aún no había sido consumada en el tiempo Cronos. Por tanto, Jesús no puede estar describiendo el estado definitivo posterior al juicio final, porque ese estado todavía no existía como realidad abierta.
Esto se confirma por el lenguaje utilizado en la parábola. Jesús no habla del Paraíso, ni del Reino consumado, ni de la resurrección, ni del juicio final. Habla del seno de Abraham, una expresión inequívocamente judía, anterior a la cruz, que designa un estado intermedio de espera. No es el cielo definitivo, pero tampoco es la nada. Es un ámbito real, consciente y separado, propio de una humanidad que aún no ha sido reconciliada plenamente por la obra de Cristo.
Este estado intermedio no es un purgatorio en sentido católico, ya que no aparece ningún proceso de purificación ni posibilidad de expiación por sufrimiento. Tampoco es el infierno final. Es una situación provisional, coherente con una economía de la salvación que todavía no ha llegado a su culminación. Se trata de un espacio donde el tiempo ya no es puramente Cronos, pero donde el Kairós redentor aún no ha irrumpido en plenitud.
La lectura tradicional suele presentar al rico como condenado definitivamente por su conducta terrenal. Sin embargo, el texto no dice eso. Lo que muestra es una continuidad del ser: el rico sigue siendo quien era. No se arrepiente, no reconoce culpa, no pide perdón. Incluso después de la muerte, continúa relacionándose con Lázaro como si fuera un servidor. Su situación no es fruto de ignorancia, pero tampoco es resultado de un juicio final frente a Dios manifestado plenamente. Es la consecuencia de una vida cerrada sobre sí misma, prolongada en un estado intermedio.
Además, la parábola no describe ninguna comparecencia ante Dios, ni una revelación plena del Amor, ni una elección última y definitiva. Todo eso pertenece a un momento posterior, que el Nuevo Testamento sitúa después de la resurrección y del juicio final. Utilizar esta parábola para negar una revelación última “cara a cara” es proyectar sobre el texto algo que no está en él.
Jesús emplea esta parábola como advertencia ética y espiritual en el presente, dirigida a sus oyentes vivos, especialmente a quienes confían en su posición, en su religiosidad o en su bienestar, mientras ignoran al necesitado. No pretende definir la escatología final, sino sacudir conciencias aquí y ahora.
Por tanto, el Rico y Lázaro no contradicen la afirmación de que la decisión definitiva ocurre frente al Amor plenamente manifestado. Simplemente no hablan de ese momento. Describen una situación intermedia, real pero provisional, propia de un tiempo anterior a la victoria plena de Cristo sobre la muerte.
Otros pasajes comúnmente citados en favor de un castigo eterno consciente
Diversos pasajes bíblicos han sido tradicionalmente utilizados para sostener la idea de un castigo consciente interminable. Entre ellos se incluyen textos que hablan de “castigo eterno”, “fuego eterno”, “tormento por los siglos de los siglos” o “vergüenza perpetua”. Sin embargo, un examen conjunto de estos pasajes muestra que ninguno de ellos obliga textualmente a afirmar la existencia de una tortura eterna consciente.
Todos estos textos dependen, directa o indirectamente, del uso de términos como αἰών / αἰώνιος (aión / aiónios) en griego o עוֹלָם (ʿôlām) en hebreo, términos que no designan necesariamente una duración infinita, sino aquello que pertenece a un orden definitivo o cuyo resultado es irreversible. La traducción sistemática de estos términos como “eterno” en sentido absoluto responde más a una construcción teológica posterior que al campo semántico original.
Otros pasajes utilizan un lenguaje profético o apocalíptico, caracterizado por imágenes intensas como el fuego inextinguible, el humo que asciende o el gusano que no muere. Estas imágenes, heredadas del Antiguo Testamento, describen la totalidad y la consumación del juicio, no la preservación eterna de seres conscientes en sufrimiento. El fuego, en la Escritura, consume y pone fin; no conserva para torturar.
Nuevo Testamento
Mateo 25:41
“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”
Mateo 25:46
“E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”
Judas 1:7
“puestos por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno.”
αἰώνιος no significa “eterno” en sentido infinito, sino relativo a un αἰών (edad, era).
La traducción “fuego eterno” introduce una duración que el texto griego no afirma.
Marcos 9:43-48
“Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga..”
Aquí no aparece αἰώνιος (“eterno”). El griego usa πῦρ ἄσβεστον, “fuego que no puede ser apagado”, lo que indica irrevocabilidad, no duración infinita.
La expresión “el gusano no muere” procede de Isaías 66:24 y se refiere a cadáveres, no a tormento consciente. El lenguaje es profético y simbólico, describe juicio definitivo, no castigo eterno consciente.
La palabra traducida como “infierno” es γέεννα (Gehenna), que remite al Valle de Hinom y al lenguaje profético de Isaías 66:24.
Gehenna designa un lugar de destrucción continua, donde el fuego y el gusano no cesan porque siempre se arrojan allí cosas para ser consumidas.
Esto no significa que lo arrojado allí permanezca ardiendo eternamente, sino que es destruido; lo permanente es el lugar y el proceso, no el objeto destruido.
2 Tesalonicenses 1:9
“los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.”
"pena de eterna perdición…” El griego dice ὄλεθρον αἰώνιον (ólethron aiónion). ὄλεθρος significa destrucción, ruina, no tormento consciente. αἰώνιος no indica duración infinita, sino relación con una era. La expresión significa destrucción definitiva de orden aiónico, no “perdición eterna” en sentido interminable.
Apocalipsis 14:11
“y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos; y no tienen reposo de día ni de noche…”
Apocalipsis 14:11 describe un castigo presente y continuo en la tierra, pues el texto usa presente (“no tienen reposo”, “el humo sube”) y no futuro, sin referirse a un tormento post-mortem eterno.
Apocalipsis 20:10
“y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.”
La expresión "siglos de los siglos" ya se ha tratado antes.
Apocalipsis 20:14-15
“Esta es la muerte segunda… el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”
El texto original define el lago de fuego como “la muerte segunda” (θάνατος ὁ δεύτερος), destrucción definitiva, no como tortura eterna; no menciona duración ni tormento consciente.
En los lugares celestiales no existe χρόνος (chrónos), ni sucesión temporal, ni “siglos de los siglos” como tiempo cronológico.
Por tanto, expresiones como “día y noche” o “por los siglos de los siglos” en Apocalipsis no describen duración temporal literal, sino que son lenguaje simbólico para expresar plenitud, consumación y carácter definitivo del juicio, no tiempo infinito medible.
Antiguo Testamento
Isaías 66:24
“porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará.”
Isaías 34:9-10
“su humo subirá perpetuamente; de generación en generación será asolada.”
Isaías 66:24 y Isaías 34:9–10 ya han sido analizados previamente y funcionan como fuente profética del lenguaje usado después en Marcos y Apocalipsis.
Ambos textos describen destrucción irreversible y señal permanente (“gusano”, “fuego”, “humo”), no tormento consciente eterno.
Daniel 12:2
“unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua.”
El hebreo usa עוֹלָם (ʿolám), que no significa duración infinita por sí mismo, sino tiempo indefinido, edad, estado duradero.
“Vergüenza y confusión” (דֵּרָאוֹן – deraón) no describe tormento consciente, sino deshonra permanente, pérdida de honor.
En el hebreo bíblico, la deshonra perpetua se aplica al recuerdo, al nombre, a la memoria, no a una experiencia consciente interminable del individuo.
El texto habla de resultado definitivo, no de sufrimiento eterno activo.
Finalmente, muchas lecturas que sostienen la tortura eterna proceden de interpretaciones fuera de su contexto, aplicando de manera literal imágenes simbólicas o trasladando advertencias éticas y disciplinarias al ámbito del juicio final.
En conjunto, estos pasajes son plenamente compatibles con la afirmación bíblica de un juicio real, un fuego real y una destrucción definitiva, así como con un rechazo consciente del Amor y de la Verdad frente a la revelación plena. Lo que no imponen, ni explícita ni necesariamente, es la idea de un castigo consciente e interminable como estado ontológico eterno.
REFERENCIAS
Ireneo de Lyon (c. 130–202)
Adversus Haereses (Contra las herejías).
Enseña que la vida eterna es un don concedido, no una cualidad natural del alma. El impío pierde la vida, no vive eternamente en tormento.
Teófilo de Antioquía (c. 115–185)
Ad Autolycum.
Sostiene que el hombre no es creado inmortal por naturaleza y que la vida o la corrupción dependen de la obediencia a Dios.
No desarrolla una doctrina del infierno eterno consciente y no afirma tormento infinito.
Teología moderna y contemporánea
-
Edward Fudge (1944–2017)
The Fire That Consumes (1982, rev. 2011).
Estudio exhaustivo bíblico, lingüístico e histórico que concluye en la destrucción final, no tormento eterno. -
John Wenham (1913–1996)
The Goodness of God (1974).
Rechaza el infierno de tormento eterno por razones bíblicas y morales. -
Clark Pinnock (1937–2010)
Defensor de la mortalidad condicional en sus últimos años; reconoce que el tormento eterno no es exigido por el texto bíblico. -
Christopher Marshall (n. 1950)
Trabajos sobre justicia bíblica y escatología que cuestionan la retribución infinita.Nota sobre las referencias teológicas
Los trabajos de Edward Fudge, John Wenham, Clark Pinnock y Christopher Marshall son pertinentes en este estudio porque examinan el texto bíblico y su lenguaje original sin estar subordinados a un sistema doctrinal cerrado, y permiten que la exégesis cuestione conclusiones tradicionales cuando el texto no las impone.
En cambio, obras colectivas como Four Views on Hell reconocen el aniquilacionismo como opción bíblicamente defendible, pero lo hacen dentro de un marco confesional evangélico, donde las posiciones están condicionadas por la necesidad de mantener la coherencia doctrinal del sistema. Su valor es descriptivo y comparativo, pero no plenamente libre en términos exegéticos.
