Pablo llama “oración” a las lenguas solo en sentido funcional, porque se dirigen a Dios; pero al usar el verbo λαλέω (laleō, “hablar”) en lugar del vocabulario propio de la oración peticionaria, προσεύχομαι / προσευχή (proseúchomai / proseuchḗ) y δέησις (déēsis), deja claro que no se trata de ruego ni súplica consciente, sino de una operación del espíritu más allá del entendimiento.
Allí estamos hablando de un don espiritual; El hablar en lenguas no está gobernado por la mente. Pero, puede ser acompañado por ella: la persona puede intuir qué está presentando a Dios, aunque no sepa cómo lo está diciendo.
No se puede ignorar el tema de las lenguas sin ignorar una parte sustancial de la enseñanza de Pablo. Su tratamiento es único por concentración y densidad: en 1 Corintios 14, Pablo dedica un capítulo entero (40 versículos) casi exclusivamente a este don, con cerca del 75 % del texto centrado en su naturaleza, uso y regulación.
Ningún otro don específico recibe un desarrollo tan continuo, detallado y normativo en un solo bloque, lo que impide considerar las lenguas como un tema marginal en la praxis espiritual paulina.
Pablo presenta las lenguas como una forma de oración dirigida a Dios, no como discurso humano ni como comunicación racional.
Afirma explícitamente que quien habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios, y que en esa oración el espíritu habla misterios (1 Corintios 14:2).
Esto establece desde el inicio, que las lenguas operan en un plano distinto al del entendimiento humano.
En esta manifestación, Pablo introduce una distinción fundamental entre espíritu y mente. Declara que cuando "ora" en lenguas, su espíritu "expresa", mientras que su entendimiento queda sin fruto (1 Co 14:14). Esta expresión no tiene un sentido negativo ni perjudicial, sino delimitador:
El entendimiento no produce fruto mental porque no participa. El fruto no es intelectual, sino espiritual. La mente no es dañada ni anulada, simplemente queda al margen de la operación.
Lo que hay que retener, casi como prioridad:
Lejos de despreciar esta expresión espiritual, Pablo afirma de manera directa que las lenguas edifican al que las practica: “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica” (1 Co 14:4). El término que utiliza implica construcción real del hombre interior, crecimiento y fortalecimiento espiritual. Por tanto, las lenguas son un medio legítimo y eficaz de edificación personal.
Esta enseñanza no es teórica. Pablo mismo declara que habla en lenguas más que todos (1 Co 14:18), lo que confirma que no considera este don marginal, inferior ni peligroso. Sería incoherente que Pablo practicara abundantemente algo que considerara espiritualmente inútil o dañino.
A lo largo de todo el capítulo 14, Pablo no enfrenta lenguas y profecía como bien contra mal, sino que delimita su ámbito de uso. Las lenguas tienen como finalidad principal la edificación personal; la profecía, la edificación de la iglesia.
Por eso, al cerrar el capítulo, Pablo formula una conclusión equilibrada y definitiva: “Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar en lenguas” (1 Co 14:39). Con esta frase final, protege explícitamente el don, prohíbe su prohibición y ordena su uso, sin desautorizarlo.
Pablo refuerza esta lógica al afirmar que existen situaciones en las que el entendimiento humano no sabe orar, y que en esos casos el Espíritu mismo intercede con expresiones que no pasan por el lenguaje racional (Romanos 8:26). Esto establece una prioridad funcional del plano espiritual sobre el mental cuando se trata de oración eficaz.
De este conjunto de afirmaciones se deduce un principio claro: la oración en lenguas permite un bypass legítimo de la mente, no para vaciar al hombre ni para hacerlo pasivo, sino para que el espíritu opere directamente bajo la acción del Espíritu Santo.
No se trata de una técnica neutra ni de una apertura indiscriminada, sino de una operación espiritual orientada a Dios, bajo la cobertura de Cristo y con un fruto definido: la edificación.
Este mismo principio antropológico, el de suspender el dominio del pensamiento discursivo, aparece también en prácticas esotéricas y religiosas ajenas al Evangelio. Sin embargo, Pablo blinda completamente la oración en lenguas al definir con claridad su fuente (el Espíritu Santo), su destino (Dios), su contexto (la filiación en Cristo) y su resultado (edificación y crecimiento espiritual), evitando cualquier sincretismo.
Sobre la afirmación de que las lenguas cesaron tras los primeros discípulos:
La afirmación de que el don de lenguas habría quedado limitado a la época de los primeros discípulos no puede sostenerse ni bíblica, ni teológicamente, ni históricamente.
1. Carece de apoyo bíblico explícito:
No existe ningún texto en todo el Nuevo Pacto que afirme, sugiera o implique que las lenguas serían retiradas tras la era apostólica. Pablo, por el contrario, regula su uso, ordena no prohibirlas (1 Co 14:39) y las presenta como parte normal de la vida espiritual, sin límite temporal ni advertencia de caducidad.
2. Es contraria a la enseñanza del autor principal del Nuevo Pacto:
Desde un punto de vista cuantitativo, los escritos de Pablo representan aproximadamente 25–30 % del total del Nuevo Testamento (13 de 27 libros, alrededor de 2.000 versículos sobre unos 7.900). Dentro de ese corpus, Pablo dedica el desarrollo más extenso, normativo y sistemático de un don específico precisamente a las lenguas (1 Co 12–14). Sostener que las lenguas cesaron implica afirmar que una parte sustancial de la enseñanza paulina quedó obsoleta, algo que el propio texto bíblico nunca declara.
3. Es contraria a las pruebas históricas:
La documentación cristiana posterior al período apostólico muestra que la práctica de las lenguas no desaparece, sino que continúa de forma intermitente a lo largo de la historia de la Iglesia, especialmente en contextos de renovación espiritual.
La idea de una “retirada” temprana del don no surge de la Escritura ni de la historia primitiva, sino de construcciones teológicas posteriores, desarrolladas para explicar su ausencia en determinados períodos, no para describir un mandato divino.
En este marco, la doctrina que pretende descalificar o prohibir las lenguas en la actualidad reproduce un patrón reconocible:
Aquello que no pudo ser eliminado por un prolongado silencio fue posteriormente desacreditado mediante abuso y exageración. Tras siglos de apagamiento, la reaparición de las lenguas en contextos de renovación espiritual vino acompañada de distorsiones que facilitaron su desprestigio general, permitiendo incluso que se calificara como “satánico” un don que Pablo enseña, práctica, regula y ordena expresamente no prohibir.
Esta inversión acusatoria no se apoya en la Escritura, sino que contradice frontalmente al autor que aporta cerca de un tercio del Nuevo Pacto, y termina atribuyendo a las tinieblas lo que el texto apostólico atribuye al Espíritu.
De este modo, no es el don el que queda en cuestión al ser caricaturizado, sino la doctrina que, incapaz de refutar a Pablo ni de sostenerse bíblica o históricamente, opta por neutralizarlo mediante el descrédito.
Tal como enseña y demuestra Pablo, puedo dar testimonio personal de que mi avance espiritual ha sido potenciado y sostenido por el don de lenguas. Me atrevo incluso a afirmar que, sin él, la manifestación del Reino queda limitada y frenada, como lo estuvo durante siglos de oscurantismo religioso, hasta la renovación carismática del siglo XX.
Hoy nos corresponde, como Hijos maduros del Dios Vivo, no permitir que este don imprescindible vuelva a caer en las garras oscuras del olvido, pues de su ejercicio depende en gran medida la edificación interior y la expresión eficaz del Reino en nuestra generación.
