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¿Nuestro Padre; es miPadre?

En los primeros capítulos del Génesis se establece un principio
fundamental para comprender la relación entre Dios y el ser humano: la diferencia entre castigo divino y consecuencia natural del pecado
. Cuando Dios advierte a Adán: "el día que de él comieres, ciertamente morirás" (Génesis 2:17), no expresa una amenaza arbitraria, sino la revelación de una realidad inherente al acto de desobediencia. No es Dios quien mata, sino el pecado el que separa de la fuente de la vida.

Este principio se refleja en Génesis 3. Algunas acciones son atribuidas directamente a Dios, como "Pondré enemistad" o "Multiplicaré en gran manera". Otras describen estados resultantes: "Maldita será la tierra por tu causa".

El hebreo no dice «Yo maldigo la tierra», sino que declara una condición derivada de la ruptura del orden original. Es la consecuencia del "fallo", no una intervención punitiva continua. Como quien sale sin paraguas y se moja, el problema no es el olvido en sí, sino la exposición a la lluvia: la ausencia de protección produce el resultado.

Además, si se estudian profundamente las acciones directas de Dios sobre la creación, todo propósito queda subordinado al cumplimiento del Plan de Salvación. "Pondré enemistad…" representa la separación definitiva entre las tinieblas y el ser humano, previniendo cualquier intento de falsa unidad

En el aumento de los dolores de parto no se revela una tortura continua sobre generaciones de mujeres, sino una imagen del dolor del "Dios-Madre" al engendrar la humanidad, con todo el sufrimiento resultante. Si un ser humano siente dolor, su Creador más aún

¿Podría interpretarse como un autocastigo divino? No quisiera aventurarme en un psicoanálisis irreverente, pero cabe preguntarse: ¿Quién se hizo hombre para sufrir la redención humana? ¿No podía haberla decretado sin más desde lo alto de Su soberanía? ¿Quién podría habérselo reprochado? 

Sin embargo, parece que muchos no han percibido esta diferencia y han asociado ambos principios en uno, colocando al Creador como instigador de los continuos sufrimientos humanos a causa de sus pecados.

En este contexto primitivo, todavía no aparece plenamente el concepto de Dios como Padre. En el Antiguo Testamento, la paternidad divina se presenta principalmente de manera colectiva. Expresiones como Avinu Malkeinu ("Nuestro Padre, nuestro Rey") revelan a Dios como Padre del pueblo y soberano de la creación. Se trata de una relación comunitaria y nacional, donde Dios es reconocido como origen, legislador y protector de Israel. Sin embargo, la intimidad personal con Él permanece aún velada.

Es con la revelación de Jesucristo cuando esta comprensión alcanza su plenitud. Jesús no solo confirma que Dios es Rey del universo, algo ya conocido, sino que lo revela como Padre personal y cercano. Su lenguaje es inequívoco: "Mi Padre". Esta expresión aparece constantemente en sus enseñanzas, manifestando una relación única y directa. Cuando se refiere a los discípulos, habla de "vuestro Padre", y finalmente, tras la resurrección, une ambas dimensiones en una declaración decisiva: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre" (Juan 20:17).

Con estas palabras, Jesús comparte su filiación con la humanidad. Él es el Hijo por naturaleza, pero introduce a los creyentes en esa misma relación. Pablo comprenderá plenamente esta verdad al afirmar que Cristo es el "Primogénito entre muchos hermanos" (Romanos 8:29). No se trata de una metáfora, sino de la participación real del ser humano en la filiación divina mediante la adopción en Cristo.

Sin embargo, esta revelación encuentra resistencia incluso entre los creyentes. Muchos continúan identificándose principalmente desde una perspectiva colectiva "nuestro Padre" heredada de la tradición religiosa y eclesiástica. No interiorizan la dimensión personal: "mi Padre". Jesús, en cambio, subraya constantemente esta relación individual. La comunidad nace de la unión de hijos, no de la uniformidad institucional.

Aquí surge una tensión histórica: si todos son hijos al mismo nivel, ¿quién manda? La respuesta evangélica es clara. La filiación no elimina el orden, sino que lo transforma. En el Reino de Dios, la autoridad no se fundamenta en el dominio, sino en el servicio. "Todos vosotros sois hermanos" (Mateo 23:8), y el mayor es quien sirve. La verdadera jerarquía es espiritual, no institucional.

Así, la revelación bíblica sigue un desarrollo coherente y progresivo:

En Génesis, Dios advierte para evitar el sufrimiento, no para castigar.
En el Antiguo Testamento, es reconocido como Padre de un pueblo y Rey del universo. En Jesucristo, se revela plenamente como Padre personal e íntimo. Pablo, revela esta verdad consolidada: Cristo es el Primogénito, y los creyentes, sus hermanos.

La plenitud del mensaje cristiano no reside en la mera pertenencia a una colectividad religiosa, sino en la conciencia de una filiación personal. Dios no espera el pecado para castigar; advierte para preservar la vida. Y en Cristo, el ser humano descubre que no es simplemente criatura o siervo, sino hijo.

De "Avinu Malkeinu" a "Abbá, Padre", la revelación pasa de lo colectivo a lo íntimo. Y en esa intimidad se encuentra la verdadera libertad del hombre.

 

 

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