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¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?

La religión, ha creado confusión, en la relación entre pecado, enfermedad y sufrimiento en las Escrituras.

Como aparece en el pasaje de Juan 9, donde Jesús encuentra a un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos, reflejando una mentalidad religiosa muy extendida en su tiempo, preguntan: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Juan 9:2). Esta pregunta revela la creencia de que el sufrimiento físico era consecuencia directa de un pecado personal o familiar.

Sin embargo, la respuesta de Jesús rompe ese esquema simplista: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3). Con estas palabras Jesús desvía la atención de la búsqueda de culpables hacia la manifestación de la obra restauradora de Dios.

El análisis del texto original griego muestra que la frase central “sino para que se manifiesten las obras de Dios”, no implica en absoluto que Dios haya causado, ni siquiera permitido la ceguera para producir luego el milagro. Jesús no está explicando el origen del sufrimiento, sino señalando el momento en que la obra restauradora de Dios se manifestará frente a él.

Esta comprensión no contradice el testimonio general de las Escrituras, sino que se armoniza con él. La Biblia afirma claramente que el mal no procede del Creador. Como escribe Santiago: “Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). Del mismo modo, el apóstol Juan declara: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5).

El sentido del pasaje, no es presentar la enfermedad como instrumento deliberado de Dios, sino mostrar cómo, incluso en medio del sufrimiento humano, la misericordia divina se manifiesta restaurando la vida.

La estructura gramatical permite entender que Jesús no está explicando la causa de la enfermedad, sino señalando la ocasión en la que la obra de Dios se revelará. En otras palabras, la situación de sufrimiento se convierte en el contexto donde la misericordia divina se manifiesta. Esto es coherente con el versículo siguiente, donde Jesús afirma: “Debemos hacer las obras del que me envió mientras es de día”.

La creencia que relacionaba directamente pecado y sufrimiento tiene raíces en una interpretación simplificada de los conceptos del pacto presente en el primer pacto (mal llamado antiguo "testamento").

En Deuteronomio se presenta un esquema pedagógico. Dirigido al conjunto del pueblo de Israel, como nación: la fidelidad al pacto conduce a la bendición, mientras que la infidelidad conduce a consecuencias negativas. “He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición” (Deuteronomio 30:19).

Sin embargo, este principio se aplica principalmente a la vida colectiva de la nación dentro del pacto, no a la evaluación moral automática de cada individuo. Las bendiciones y maldiciones mencionadas en estos textos se refieren a la prosperidad nacional, la seguridad del pueblo y la estabilidad de la tierra.

Con el tiempo, ese principio nacional fue interpretado de forma individualista. Así surgió la idea de que si una persona sufría enfermedad o desgracia era porque había cometido algún pecado.

Esta interpretación aparece claramente en los amigos de Job, quienes insisten en que su sufrimiento debe ser consecuencia de una falta moral. No obstante, al final del relato, Dios declara que los amigos de Job “no hablaron rectamente” acerca de Él (Job 42:7). El sufrimiento de Job no era por pecado personal.

Además el principio del libro, presenta Job  como "perfecto", por la misma boca del Creador, evidentemente los "amigos" de Job, no lo sabían, sino, sin duda ninguna, su actitud hubiera sido muy distinta. Pero tal vez, la mayor prueba, no era para Job, sino para su entorno, incluyéndonos a nosotros.

No olvidemos que sin la intercesión de Job, hubieran pasado "vergüenza". Esto me lleva a considerar que esto de que estamos hablando, pasa de ser considerado como un error menor, a los Ojos Divinos, y allí si, de alguna manera, lleva consecuencias directas.

Otros textos del primer pacto también corrigen la interpretación simplista de la retribución automática. En Ezequiel 18 se rechaza explícitamente el proverbio que afirmaba que los hijos no sufrían por los pecados de sus padres: “El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo” (Ezequiel 18:20). La responsabilidad moral es personal, y la relación entre sufrimiento y pecado no puede reducirse a una ecuación automática.

En el ministerio de Jesús esta corrección se vuelve aún más clara. Cuando algunos le preguntan sobre los galileos asesinados por Pilato o sobre los que murieron al caer la torre de Siloé, Jesús responde: “¿Pensáis que eran más culpables que todos los demás? Os digo que no” (Lucas 13:2-5). Con esto desmonta la idea de que las tragedias humanas sean necesariamente castigos divinos.

Entonces ¿qué relación tiene el pecado con las tragedias? 

La enseñanza de Jesús revela que el problema humano no debe entenderse principalmente como una cuestión jurídica de culpa y castigo, sino como una condición de desorden y pérdida que afecta a toda la creación. La palabra griega que suele traducirse como “pecado”, hamartía, significa literalmente “errar el blanco”.

Describe una desviación del propósito original más que un simple delito moral. En este sentido, el sufrimiento y la enfermedad deben entenderse como consecuencias del desorden introducido en la creación, no como actos de venganza divina.

Por esta razón el ministerio de Jesús se caracteriza por la restauración. Él sana a los enfermos, libera a los oprimidos y perdona a los pecadores. Cuando sana al paralítico en Marcos 2, primero dice: “Hijo, tus pecados te son perdonados”, y luego le ordena levantarse y caminar. 

La restauración que Jesús trae, abarca toda la persona: relación con Dios> vida interior> cuerpo físico. Su Obra no consiste en aumentar el peso de la culpa, sino en devolver al ser humano a la plenitud de vida.

Este enfoque explica también el conflicto constante entre Jesús y los líderes religiosos de su tiempo. Mientras la religión tendía a interpretar el sufrimiento como prueba de culpa y motivo de exclusión, Jesús actuaba con misericordia. El episodio de la mujer acusada de adulterio lo ilustra de manera clara: “Ni yo te condeno; vete y no peques más” (Juan 8:11). La misericordia no niega la realidad del error humano, pero abre siempre la puerta a la restauración.

Cuando Jesús habla del juicio, como en Mateo 25, el criterio no es la pertenencia religiosa ni la observancia ritual, sino la práctica del amor hacia los demás. “En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis” (Mateo 25:45).

La exclusión que aparece en estas parábolas no se presenta como un acto arbitrario de condena divina, sino como la consecuencia de una vida que no participó de la lógica del Reino. Frases como “no os conozco” indican ausencia de relación y comunión, más que rechazo activo.

De este modo, la aparente contradicción entre la ley del Antiguo Testamento y el evangelio del Nuevo Testamento desaparece cuando se comprende el contexto.

La palabra Torá significa en realidad “instrucción” o “enseñanza”, no un sistema penal destinado a condenar. Jesús no contradice la Torá, sino que revela su núcleo: amar a Dios y amar al prójimo (Deuteronomio 6:5; Levítico 19:18). En esto coincide con la tradición profética que ya había criticado el formalismo religioso: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Oseas 6:6).

Así, el mensaje bíblico presenta una continuidad profunda. Las acciones humanas tienen consecuencias reales, pero Dios no es presentado como un juez que se complace en castigar. Más bien aparece como un Padre que busca restaurar al ser humano y conducirlo nuevamente a la vida.

Jesús personifica de manera definitiva este rostro de Dios: un Dios cuya justicia se manifiesta en misericordia y cuyo propósito es que todos participen de la vida del Reino.

Completaría todo esto, con dos conceptos fundamentales, que de ninguna manera, pueden contradecir un entendimiento sano de las escrituras, y no comporta en absoluto su manipulación:

1- La pregunta incesante del ser humano, hacia la existencia de un Ser Divino, definido como"Omnipotente, Compasivo, y Misericordioso": ¿por qué las miserias y desgracias humanas'?

La Libertad (concepto espiritual, no libertinaje mental), característica del Ser Supremo, es inyectada en su magna creación, que es el hombre. El Amor (procedente de Dios, no del sentimiento humano), manifestado en JAMÁS quebrar esta libertad. Respeto infinito hacia la creación, que según un oscurísimo pensamiento se llegó a confundir con "abandonar a su suerte".

 2- El hecho de que las tinieblas, aprovechan ampliamente ese hecho, y son las verdaderas responsables de las desgraciadas consecuencias de los desfases humanos. Se podrían comparar a policías CORRUPTOS, que aplican las leyes, para su propio provecho.

Allí llegamos al pasaje de Job 1:8-12:

"Y El Eterno dijo a Satanás:

¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?

Respondiendo Satanás al  Eterno, dijo:

"¿Acaso teme Job a Dios de balde?¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia."

Dijo  El Eterno a Satanás:

He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él."

Y salió Satanás de delante del Eterno.

Vemos como Satanás sugiere  a Dios, tocar a Job, pero vemos como lo ignora, desde su Amor hacia Job, y redirige la responsabilidad hacia el diablo (adversario). Vemos como Dios formula reproche, que con seguridad tendrá altas consecuencias.

Las tinieblas manipulan los mandamientos, dados en principio para protección del hombre, en su contra, para intentar destruirlo, producirle sufrimiento, y desgracia. Odian al ser humano, en una proporción comparable al Amor que tiene Dios hacia su Creación.

Dios lo sabe, y lo sufre, pero (no digo no puede, porque no hay fuera de su poder), no transgreda su pacto de Libertad con el hombre. En el momento que este salió de la conciencia del Padre, para obedecer a la suya propia, selló ese pacto implícito, que no vio. Era engañado por el ángel caído, pero de cierto intuyó que algo iba mal, y no hizo caso a su espíritu, que es ese momento todavía, no estaba inválido.

AHORA, una regla fundamental:

La revelación de Dios alcanza su claridad plena en Jesucristo. Cuando una interpretación de las Escrituras presenta a Dios de manera contraria a lo que Jesús reveló, es esa interpretación la que debe revisarse. Nada en las Escrituras puede invalidar el carácter de Dios manifestado en Jesucristo. 

El propio Nuevo Testamento presenta a Jesucristo como la revelación definitiva de Dios. Por ello, su palabra se convierte en la referencia última para comprender todo lo que se había transmitido anteriormente.

El prólogo de la carta a los Hebreos establece claramente esta diferencia entre las etapas de la revelación cuando afirma: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1-2). Los profetas transmitieron palabra de Dios, pero el texto señala que la revelación alcanza su plenitud cuando Dios habla por el Hijo mismo.

El evangelio de Juan expresa esta misma idea desde otra perspectiva al declarar: “A Dios nadie le vio jamás; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Cristo no solo comunica un mensaje sobre Dios, sino que revela directamente al Padre. De hecho, el propio Jesús afirma esta identidad entre su persona y la revelación divina cuando dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Por esta razón, su enseñanza adquiere una autoridad que supera la tradición anterior. En el Sermón del Monte aparece repetidamente la fórmula:

 “Oísteis que fue dicho… pero yo os digo” (Mateo 5).

Con estas palabras Jesús no niega las Escrituras, pero revela su sentido más profundo y definitivo. La autoridad de Cristo sobre la tradición queda también expresada en el episodio de la transfiguración, cuando la voz divina declara:

 “Este es mi Hijo amado… a él oíd” (Mateo 17:5).

La instrucción es clara: el criterio final ya no es simplemente la tradición recibida, sino escuchar al Hijo. Jesús mismo enseña además que las Escrituras deben ser comprendidas desde su persona cuando afirma: “Escudriñáis las Escrituras… y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). De este modo, el propio testimonio bíblico conduce a una conclusión sencilla: la revelación transmitida anteriormente apuntaba hacia el Mesías, pero encuentra su claridad plena en Él.

Se ha de tener en cuenta lo siguiente: 

A partir de este principio se comprende también otra realidad que aparece dentro de la propia Biblia: la transmisión del mensaje divino ha pasado siempre por mediación humana. Los profetas y escritores sagrados fueron hombres inspirados, pero no dejaron de ser hombres situados en un contexto histórico, cultural y religioso determinado. Sus palabras reflejan muchas veces una búsqueda sincera de Dios, pero también las limitaciones propias de la comprensión humana.

De hecho, dentro del conjunto de los textos bíblicos pueden encontrarse afirmaciones que, leídas de manera literal y aislada, parecen entrar en tensión unas con otras. A lo largo de los siglos se han propuesto numerosas explicaciones para armonizar todas esas dificultades, algunas de ellas ingeniosas, pero no siempre convincentes cuando se someten a un examen minucioso y honesto.

Esta realidad no invalida la Escritura, pero recuerda que el mensaje divino ha sido transmitido por hombres que, aun siendo inspirados, podían interpretar, comprender o expresar de manera imperfecta lo que recibían. La Biblia misma conserva esas huellas humanas, lo cual forma parte de su propia historia.

Frente a esa diversidad de voces, el testimonio de Jesús presenta una singular coherencia. Sus palabras no aparecen enfrentadas entre sí ni desarrolladas a partir de correcciones posteriores. En su enseñanza se percibe una unidad interna que revela con claridad el carácter del Padre: un Dios cuya naturaleza es misericordia, vida y restauración.

Por esta razón, cuando se produce tensión entre ciertas interpretaciones antiguas y la revelación manifestada en Jesucristo, el criterio espiritual, consiste en volver a las palabras del Mesías, donde la revelación de Dios alcanza su expresión más clara.

¿A qué nos lleva todo esto?

A la luz de este principio, resulta necesario volver a algunos pasajes que, a primera vista, parecen presentar una imagen distinta del carácter de Dios. En diversos textos del primer pacto,  se atribuyen directamente a Dios acciones que provocan sufrimiento o destrucción.

Así, por ejemplo, se afirma que Dios hiere con enfermedades o calamidades dentro de las maldiciones del pacto (Deuteronomio 28), que envía pestilencias sobre un pueblo (2 Samuel 24:15), o que crea la adversidad junto con la paz (Isaías 45:7).

Otros relatos presentan situaciones igualmente difíciles de armonizar con el carácter revelado por Jesucristo. Se mencionan espíritus malos procedentes de Dios (1 Samuel 16:14), o episodios narrativos en los que la reacción de un profeta provoca consecuencias violentas, como en el conocido relato de Eliseo y los osos (2 Reyes 2:23-24).

Tomados de manera aislada y literal, estos pasajes parecen sugerir que Dios actúa directamente como autor del mal o del sufrimiento humano. A lo largo de la historia se han propuesto numerosas explicaciones para armonizar estas afirmaciones con el resto del mensaje bíblico.

Algunas interpretaciones recurren a complejas construcciones teológicas o a lecturas muy forzadas de los textos con el fin de eliminar cualquier tensión.

Sin embargo, cuando se aplica el principio anteriormente establecido; que la revelación de Dios alcanza su claridad plena en Jesucristo, el problema adquiere una perspectiva distinta.

Si Cristo revela al Padre como un Dios cuya naturaleza es luz, vida y misericordia, entonces aquellos textos que parecen presentar lo contrario deben ser comprendidos dentro del proceso humano de transmisión y comprensión del mensaje divino.

Esto no lleva a negar la Escritura ni descartarla, sino reconocer que la revelación ha atravesado una historia en la que hombres inspirados interpretaron la acción de Dios desde su propia comprensión del mundo y de la justicia divina.

De este modo, ciertos pasajes reflejan más la manera en que aquellos hombres comprendieron los acontecimientos que una definición final del carácter de Dios. 

Leídos a la luz de Cristo, estos textos dejan de ser afirmaciones definitivas sobre la naturaleza divina y pasan a formar parte del camino histórico mediante el cual la revelación fue conduciendo progresivamente hacia su manifestación plena en el Mesías.

Para terminar.

Es necesario reconocer que aferrarse a interpretaciones religiosas tradicionales sin revisarlas a la luz de la revelación de Cristo ha contribuido en gran medida a la reacción secular que se observa desde hace tiempo. Muchos, al encontrar en los textos bíblicos afirmaciones difíciles de conciliar con el carácter de Dios revelado por Jesús, han terminado por negar la inspiración divina de las Escrituras y atribuirlas únicamente a una redacción puramente humana.

Si recorremos los evangelios, aparece algo bastante llamativo: Jesús nunca actúa castigando, sino más bien sanando, liberando o llamando a la conversión. Los momentos más duros de su discurso suelen ir dirigidos a la hipocresía religiosa, no a pecadores comunes. Por ejemplo:

Perdona a la mujer sorprendida en adulterio y le dice: “Ni yo te condeno; vete y no peques más” (Juan 8:11).

Come con publicanos y pecadores, provocando escándalo entre los religiosos (Marcos 2:15-17).

Cuando Santiago y Juan quieren hacer caer fuego del cielo sobre una aldea que no los recibe, Jesús los reprende (Lucas 9:54-55).

Sana en sábado a pesar de la oposición de los fariseos, priorizando la vida sobre la norma ritual (Marcos 3:1-6).

Incluso cuando denuncia con dureza, como en Mateo 23 (“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!”), el tono es profético y crítico, no un castigo físico o destructivo.

Hay, eso sí, algunos episodios como la higuera que se seca, o los demonios que entran en los cerdos,  pero resultan como acciones simbólicas o consecuencias de la liberación del mal, no como castigos directos a personas.

Por eso el rasgo dominante del ministerio de Jesús es la restauración: sanar al enfermo, levantar al caído, reconciliar al pecador con Dios y denunciar aquello que oprime o destruye la vida.

Y si miramos el momento extremo de su testimonio:. En la cruz, los religiosos, los mismos que se burlan, y lo han enviado allí, lo escarnecen: Los mismos soldados también.

¿Cuál es su reacción? Padre perdónales, no saben lo que hacen. ¿No había dicho anteriormente "Ay de vosotros..."? Allí vemos el Carácter del Padre revelado, por encima de todo lo demás.

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